- En este momento sería simplemente fantástico tener un Martini en la mano y…
- Lo sé, sé a qué te refieres exactamente, lo sé. Déjame traerte uno, Katie, linda.
- Oh, gracias, cariño. Es una velada perfecta.
Katie se tocó suavemente el cabello, corroborando que el peinado esté en su lugar. Sacó un pañuelo de un sobre negro, lo pasó rápidamente por su frente y volvió a guardarlo.
- Aquí tienes, preciosa, brindemos.
- Me parece bien, ¿por qué quieres brindar?
- Por romper las reglas del lenguaje.
- ¿Por qué? ¿Te has vuelto loco? Mira, no sé a qué te refieres exactamente, pero preferiría que no rompamos la fluidez de la noche con alguna de tus excentricidades.
- Oh, no, nada de eso, cariño, me refiero a nosotros.
- ¿A nosotros? creo que has bebido demasiado, Frank, de verdad. Creo que has bebido demasiado y estás diciendo cosas sin sentido. Te refieres a nosotros pero me hablas de lenguaje, será mejor qu…
- Silencio, Katie, ¿será que puedes seguirme aunque sea un instante? De verdad me agradaría eso, es tan sólo un instante, déjame decirte, déjame decirte a qué me refiero. No me interrumpas, por favor, es breve lo que quiero decir, pero no me interrumpas, ¿bueno? Quiero decir que rompamos las reglas del lenguaje como si dijera que comamos otra fruta mañana y no siempre las cerezas del desayuno o si dijera que en lugar de vacacionar en Europa todos los veranos, vayamos a Oceanía, o si en lugar de leer libros, veamos más películas. Me refiero, es claro lo que digo, me refiero a nosotros como un, oh, mira quién está allí, dame un momento, es el Sr. Kylerst. Iré a saludarlo, quédate aquí, Katie, cariño, quédate aquí.
Katie tomó su sobre y el Martini y se acercó al piano. No podía ver a Frank, que estaba ubicado en el sector Este del gran salón del hotel. Ella se ubicó detrás del cisne de hielo, pues no se sentía bien y, de alguna forma u otra, la gran escultura gélida le hacía llegar una brisa que la aliviaba. Bebió unos sorbos de su trago y se acercó al pianista, apoyó su mano izquierda, suavemente, sobre el hombro y le pidió una canción. Él la miró, y sonrió. Minutos después, el salón entero se inundaba de la melodía de la canción de Katie. Allí mismo es donde ella se olvidó de la fiesta en la que estaba, bebió un sorbo más, posó su copa sobre la cola del piano y salió del salón.
Frank, dentro del salón, apenas si había notado que Katie ya no estaba. En realidad, Frank no había notado que Katie ya no estaba allí hacía tiempo.
Ella se subió a un taxi.
-¿Hacia dónde la llevo, señorita?
-Yo le iré guiando.
-¡Era la muerta de la leyenda esa que te lleva en taxi hasta el cementerio, me quiero volver loca ya mismo!
- Jajajaja, te creíste de verdad que iba a escribir una boludez así?
- Y qué se yo, vos tenés cada mambo, flaca.
- Ay, te perdono todo porque me dijiste flaca.
Y así, cada historia.